He de reconocer que tengo un vicio secreto. Cuando doy un alta, pido a mis pacientes un pequeño escrito, una redacción, en la que cuenten cómo han vivido la relación terapéutica desde su lado. Esto me ayuda a ver que ha resultado de utilidad a cada paciente y progresar en mi labor; He de admitir que mis pacientes casi siempre me sorprenden. Muchas veces el clic se produce en cosas y momentos diferentes a los que yo pienso, no ha sido tal o cual técnica, si no los momentos de conexión y compresión íntima los que les han ayudado a verse de otra forma.

Hoy me gustaría compartir el escrito que me ha dado una paciente (con su consentimiento) que acudió a mí con una Depresión mayor (según el DSM-V de la Asociación Psiquiatrica Americana) o un Trastorno Depresivo Recurrente Moderado (según el CIE-10 de la OMS).



Edad: 23 años
Sexo: Hombre
Motivo de consulta: Aislamiento social y tristeza constante.

E.F. es un estudiante extranjero de una prestigiosa universidad. Durante su estancia en Madrid se ha ido aislando cada vez más (a pesar de ser parte de un grupo consolidado) y sintiéndose cada vez más triste. Sus notas se empiezan a resentir y dice que se juega su futuro.

El diagnóstico es compatible con un estado depresivo. Es el mayor de tres hermanos en una familia muy exigente y competitiva. Desde pequeño muestra inclinación por las artes, pero sus padres le exigen una ingeniería y que se olvide de cualquier otra cosa. Sus padres nunca le han dado las llaves de su casa y, cuando el compró con su dinero un completo equipo de pintura, se lo tiraron a la basura. Su vida ha estado siempre marcada por la exigencia y la competición, por el cariño, por el afecto, por las notas…
El dice “no quiero luchar más, quiero que todo acabe”


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